María, una historia de violencia de género. (Cap 5)

Psicólogos Avilés. Psicólogos en Avilés. 

Hola, me llamo María, y he sido víctima de violencia de género. O más bien, he sido victimizada por un hombre, por un maltratador. Hay una clara diferencia entre ser víctima y ser victimizada. Eres víctima cuando te rindes, cuando dejas de luchar, cuando asumes que tu posición es inferior a la de los demás. Hay situaciones que te victimizan, como la violencia, tú decides luego si ser una víctima, o no. Mi psicóloga me dice que es muy importante que aprenda esto, que cuando sea capaz de dejar de ser una víctima, le habré quitado todo el poder a Mario, y entonces él ya no podrá hacerme daño. Aún me lo hace, a veces mucho, a veces poco, e incluso alguna vez, nada. Estoy aprendiendo, y estoy segura de que algún día, más pronto que tarde, lo conseguiré. Me he dado cuenta de que todo está bien, de que actualmente estoy en la mejor posición posible, y doy gracias por ello. Un maltrato es un trauma que te acompaña durante mucho tiempo, pero cada vez estoy más convencida de que lo superaré. Ahora tengo fe, tengo esperanza y valoro todo el aprendizaje acumulado.

Aquel día que llegamos al piso de mi tía fue maravilloso, para mí se abría la oportunidad de estar más cerca de mi familia, recordad que mis tíos vivían en el piso de abajo, a escasos metros. Yo ya había empezado a ver cosas que no cuadraban, pero asumir eso, significaría un fracaso, que nuevamente me había equivocado, y no estaba dispuesta a ello. Así que me puse una venda en los ojos, un esparadrapo en el corazón y, nuevamente, me quité los tacones, para estar más baja, a su altura. Ahora veo que quizás, debería haberme limado los pies para estar más cerca de lo que Mario valía. Quizás también, podría haberme puesto de rodillas, e incluso arrastrado. Creo que lo hice muchas veces, arrastrarme para así estar a su altura.

La compra de muebles y la decoración de la nueva casa conllevó un tiempo de tregua. Como ahora el dinero lo ponía yo, Mario se mostraba de un humor magnifico, usando mi tarjeta de crédito como si fuese una varita mágica. “Todo, podemos permitirnos todo” decía jactándose de su buena suerte, y de mi dinero. Recuerdo que un día vio un carísimo reloj de una conocida marca que ahora mismo no recuerdo. “Voy a comprarlo, María, me lo merezco, realmente no me merezco nada menos que esto” Le recordé que, aunque ahora tuviésemos más dinero, ni de lejos éramos millonarios, y que no se podía derrochar el dinero. Gasta un poco y guarda el resto, es lo que siempre me enseñaron. No gastes todo, porque igual algún día lo necesitas. Ese día fue horrible, me llamó rata miserable, tacaña, agarrada y un sin fin de adjetivos despectivos. Al final, pagué. Pagué con lágrimas, con dolor y con mi dinero. La nueva forma de economía doméstica era gastar todo mi dinero y ahorrar el suyo, es decir, vivir de mí, de mi trabajo. Pero no me voy a adelantar, en un futuro os contaré lo que sucedió con todo esto.

A la compra de ese reloj continuaron un sinfín  de compras absurdas, un derroche ostentoso de dinero. “Nos lo podemos permitir todo” gritaba sin cesar a la gente, a sus amigos, a su familia, se sentía grande, poderoso, no sabía que para ser valioso, lo que menos importa es el dinero. Yo ya no podía ponerle freno, si lo hacía, me caería encima como si de un gigante se tratase. Me acostumbré a los insultos. Si la leéis otra vez, veréis que es una frase terrible. Los insultos ya no me dolían como antes y, ¿sabéis porqué? Para mí ya no eran insultos, eran la definición de mi persona, y uno no se ofende cuando le describen, ¿no? Empecé a referirme a mí misma como rata, como inútil, como desastre e incluso dejé definitivamente de quedar con mis amigas, porque “yo no estaba para llevar a ningún lado, daba vergüenza ajena”

En medio de esta situación, me quedé embarazada. Carmen fue una niña muy deseada, yo pensaba que por los dos, ahora sé, que el amor es dar, es generosidad, no es posesión ni pertenencia, así que corrijo y digo que: Carmen fue una niña muy deseada por mí. Estaba tan feliz con mi gran barriga que me olvidaba del gran maltratador. Mario no podía soportar eso, se indignaba cuando yo era el centro de atención. Fingía síntomas de embarazado. Sí, sé que esto os puede parecer absurdo, pero decía que él también lo estaba y que por eso le dolía la espalda o las piernas. Yo me encontraba en un sueño de mantitas y pijamas algodonosos, así que durante gran parte de mi embarazo, no le di más importancia. ¡Gran error! Al sentirse ignorado, Mario comenzó una escalada de violencia. Me lo ha explicado mi psicóloga, los maltratadores, empiezan a ser cada vez más agresivos para lograr sus objetivos. Os conté que los insultos ya no me hacían demasiado daño, así que Mario pasó a la siguiente fase. Los pequeños empujones, los tropiezos conmigo o los pellizcos “cuasi-inocentes” También insultaba a mi familia, ya de una forma abierta y directa.

No os puedo contar lo que sucedió cierto día, supongo que el shock me impide recordar el hecho. Pero quiero dejar escrito aquí lo que sentí, lo que vi, para que nunca se me olvide, para aprender de ello. Era de noche, íbamos en coche llegando a mi casa y de repente, me vi empujada fuera de este, corriendo torpemente con una gran barriga de 8 meses. Sé que tenía mucho miedo a caerme y a hacerme daño, a hacerle daño a Carmen sin querer, pero también tenía mucho miedo a Mario, a su presencia, a sus palabras, a él. Recuerdo correr sin sentido. ¿A dónde vas, María, no ves que tienes que volver a casa? Así que me puse a caminar hasta mi domicilio. Iba pensando que allí estaría mi familia, justo en el piso de abajo, y que ellos me consolarían. Eso me dio ánimos y fuerzas para ir. ¡Menuda sorpresa! Cuando llegué me encontré a Mario muy alterado hablando con mis tíos: “Está loca, saltó del coche sin ninguna razón y marchó corriendo, no se  puede hacer nada con ella” Ellos me miraron, yo les miré, y no sé si me creyeron a mí o le creyeron a él. Solo sé que esa noche pasé mucho miedo. A partir de entonces, el miedo siempre me acompañaba. ¿Miedo a qué? No lo sé. Miedo a Mario, a su presencia.

Un día empecé a esconderme detrás de los muebles, sí, suena absurdo, lo sé. Los muebles no son un gran escondite. Me metí detrás de un baúl, descubrí que si me guardaba allí, me sentía segura, porque pegaba mi oreja al suelo y podía escuchar la voz de mi familia que se filtraba a través de él. Pasé muchas horas allí escondida, con mi barriga detrás de un baúl, algún día, pronto, también me escondería allí con mi Carmen.

María, una historia de violencia de género. (Cap.1)

María, una historia de violencia de género. (Cap.2)

María, una historia de violencia de género. (Cap.3)

María, una historia de violencia de género. (Cap.4)

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